EL TRABAJO.
I.
En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca engaña, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y jamas asaltado por las tempestades.
El trabajo.
Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos dió tambien en él un inmenso beneficio, á la manera que un padre pone en un rincon del encierro donde ha confinado á su hijo travieso, un alimento sano y nutritivo que sostenga sus fuerzas.
Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo en medio de la multitud; sólo ve tinieblas en su interior y en derredor suyo; la alegría de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible, inagotable, desolada; mas si llega á recurrir al trabajo, si halla valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca á aquel fiel amigo, está salvado.
Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuerzo supremo; verdad es que durante algun tiempo desmayará, y el desaliento invadirá de nuevo su espíritu como una ola negra; mas poco á poco el trabajo le irá calmando y se irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez, que le infundirá ánimo y confianza.
El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que se perdió en el vacío del cansancio ó en la amargura de los desengaños; de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no sólo el tiempo sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las hacía eternas.
II.
Os voy á referir lo que yo misma he visto, pues el precepto sin el ejemplo no convence gran cosa.