Conocí á una mujer muy bella y que poseia una fortuna más que regular; su marido la amaba, y era madre de dos hijos que adoraban los dos.
Todas sus amigas envidiábamos á aquella mujer; en su casa sólo habia delicias; la paz, la alegría, moraban allí; era un compuesto de risas de niños, músicas, flores, lujo y aromas; la mesa, espléndida, atraia amables y risueños amigos; la magnificencia de su salon, amigas bellas y elegantes; cada uno hallaba en aquella casa lo que preferia, así es que todos se apresuraban á ir á ella.
Por las noches se reunia una concurrencia tan numerosa como escogida; se cantaba, se leian versos, se tomaba té, se hablaba de arte y de todo lo que es bello y agradable. Luisa, que así se llamaba mi amiga, vivia en un cielo; así deciamos cuantas personas la tratábamos.
Cuando pasaba con su marido y sus hijos, recostada en un soberbio carruaje por las anchas calles de la Fuente Castellana, todos decian:
--Ahí va la mujer más dichosa de Madrid.
De repente la vimos enflaquecer, y sus mejillas perdieron el bello matiz de rosa; parecia triste y preocupada, pero á nadie confió el secreto de su pena, que permaneció guardado en su pecho.
Pocos dias despues de esta mudanza, empezó á correr un rumor extraño.
Se decia que el esposo de Luisa hacía la córte á una amiga de su esposa, muy á la moda y muy elegante, aunque de escasa fortuna.
Una noche Luisa fué al teatro con su marido y algunas personas llegaron á saludarla. Así que estuvo acompañada, le dijo aquel que iba á salir un instante y que volvia; la funcion terminó y Luisa esperaba aún á su esposo. Tomó su coche y volvió sola á su casa.
Le esperó toda la noche en vano: no volvió.