III.
El esposo y la amiga habian huido juntos, llevándose toda la fortuna.
Sólo se salvó el dote de Luisa, que era corto, pues su marido se habia casado con ella por amor y no por miras interesadas.
--¿Qué se han hecho de tantas amigas y tantos amigos como yo tenía?--me preguntaba un dia Luisa,--todos han desaparecido con mi felicidad y mi opulencia; desde que vivo en esta modesta casa, á nadie veo.
--Te quedan tus hijos,--le dije,--no te quejes ni eches de ménos lo que tan poco vale.
Luisa se resignaba abrazando á los dos niños. De repente fué el mayor atacado de viruelas malignas; contagióse el segundo, y en el término de quince dias los perdió á los dos.
Entónces aquella pobre alma cayó en la más negra desesperacion.
--Trabaja,--le dije un dia,--ó te matarás.
--¡Trabajar!--exclamó con amargura,--¿para qué? ¿para quién?
--Para distraerte.