Dejemos á las sensibles para acudir á las sensibleras, no sin asegurar ántes que la sensibilidad es silenciosa y se oculta en el misterio y en la sombra.
III.
--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí una viuda bonita y muy coqueta.
--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!
--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el último instante!
--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!
La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa entreabrió sus labios.
La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su sensibilidad, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última mirada en los ojos de su hija.
Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.
En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven, padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso mimarlas de contínuo y sin descanso.