Las sensibleras creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito una novela titulada El Sol de invierno, en la que pinté una de esas mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus detalles.

En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el cuidado de sus hijas á una aya, porque le hacen sufrir horriblemente las dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de las mujeres más á la moda de Madrid, y la llaman Tulita, gastando su caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor les parezca, y evitándose cuidados que le hacen sufrir mucho.

Este retrato es el de muchas sensibleras, de voz melosa y plañidera, de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran toda clase de cuidados.

--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia, riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.

--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es feliz!

--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?

--¡Alcornoque quisiera yo ser!

--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.