IV.

¿Habeis visto alguna carta de una sensiblera?

¡Qué estilo tan romántico!

¡Qué profusion de exclamaciones!

¡Cuánto! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ay!

¡Qué lacrimosas frases!

¡Qué períodos tan tiernos, tan exagerados, para decir la cosa más trivial y más pequeña!

El tormento que esas personas imponen es irresistible: es preciso amarlas mucho, porque, segun dicen, para ellas el amor es la vida; y hay que compadecerlas de contínuo por sus males imaginarios.

La sensibilidad verdadera, por el contrario, es pudorosa y reservada; se explica casi siempre por una lágrima furtiva, y enjugada ántes de que nadie se aperciba de su aparicion.

Una mujer verdaderamente sensible se desmaya y grita pocas veces; pero es fácil que se muera de dolor con la sonrisa en los labios, y haciendo la dicha, miéntras viva, de cuantos la rodean.