--Quizá te engañes... pero ¿y tu persona?

--¿Para qué cansarme en un peinado esmerado y en cambiar cada dia de traje?

--¡Tu elegancia era lo que más agradaba á tu marido! ¿No te acuerdas?

--Para un marido nunca es elegante su mujer, y las admiraciones de novio de mi esposo, cesaron el dia en que se casó conmigo.

--¿Quién te ha dicho eso? ¿Piensas que los gustos y hasta las ideas de un hombre varian en un dia? ¿No temes que se halle mejor que en su desordenada casa, en otra mejor cuidada y más elegante? ¿No temes que alguna coqueta le prenda en sus redes?

--Yo no tengo tiempo de pensar en esas cosas, contestó Julia, herida por mis observaciones; mis hijos me ocupan mucho: una esposa, una madre, debe cuidarse ante todo de sus deberes.

--Uno de sus primeros deberes es agradar á su marido; no le basta con ser virtuosa, aburriéndose: debe ser bella y feliz.

La pobre Julia no tuvo la fortaleza de violentarse un poco, y todas sus buenas prendas de madre excelente y de ama de casa, no evitaron que mis temores se realizasen.

El hogar doméstico sin poesía es para el espíritu fuerte del hombre una cárcel mezquina y helada: si la mujer sabe embellecerlo, es el oásis donde crecen palmas y flores, donde el agua murmura dulcemente, donde el alma reposa de las luchas y de los dolores de la vida.