El desaliento del corazon, lacerado por mil amargos desengaños; el sufrimiento del alma, producido por decepciones en los afectos: la saciedad, que lleva consigo la riqueza y el abuso de todos los goces frívolos, estas cosas reunidas y áun cada una de por sí, producen un malestar, una angustia moral, una falta de fe, que constituyen la más horrible de las desgracias.

No amar á nadie, no esperar nada, es tan triste que valiera más morir.

Así, pues, aquellas de vosotras, mis amadas lectoras, que halle en su camino una persona atea á fuerza de sufrir, que se dedique á consolarla, á endulzar su amargura, á reanimar su fe y su esperanza, y hará una obra tan meritoria como dando pan á un infeliz pordiosero, porque la miseria del alma no es ménos dolorosa que la del cuerpo.

Sólo aliviando la desgracia podemos hallar la felicidad: busquémosla por todas partes, y cuando la hallemos en nuestro camino, socorrámosla con todas las fuerzas de nuestra voluntad y de nuestro ingenio, privándonos de algo supérfluo, para dar á los desdichados lo necesario.

LA HERMOSURA Y LA ELEGANCIA.

No hace muchas noches que nos hallábamos reunidas algunas personas, enlazadas por los vínculos de la amistad más verdadera, en el lindo gabinete de una simpática jóven, casada hace poco más de un año con un hombre respetable por su talento y las nobles prendas de su carácter.

No éramos muchos los concurrentes y ninguno contaba muchos años: el esposo de nuestra amiga era la persona más grave, y no ha llegado todavía á la edad madura.

En tanto que la parte masculina de la reunion hablaba de política y de obras dramáticas, la parte débil se ocupaba en bordar y charlar de modas y de las novedades del dia.

--¿Qué os parece de Luisa R....?--dijo de repente la señora de la casa, dirigiéndose á nosotras,--deseo saber vuestra opinion, porque me admiro de oir contínuamente sus alabanzas, cuando yo la encuentro con mérito muy escaso.