Al oir nombrar á Luisa R. todos los caballeros dejaron sus conversaciones y escucharon, al parecer, con religiosa atencion.

--¿Lo veis?--exclamó mi amiga entre risueña y enojada,--en nombrando á Luisa todos se vuelven oidos y mi marido el primero. ¿Qué tendrá esa mujer?

--Yo no lo sé,--respondió una de las jóvenes,--á mí me parece muy grande su boca y demasiado corta su nariz.

--Pues á mí,--dijo otra,--me parecen muy hermosos sus ojos azules, tan dulces y expresivos.

--Yo no la encuentro bonito nada más que el talle.

--Á mí me gusta la expresion de su rostro.

--Pero señores, ¿quieren VV. volver á su conversacion?--exclamó una de las presentes,--¿no es muy doloroso que ni áun delante de nosotras hayan VV. de contener su admiracion por la señorita R....?

--Es un delito de lesa galantería,--añadió otra.

--Es insoportable,--agregó una tercera.

--Mi marido tiene la culpa,--dijo la señora de la casa.--¿Quereis creer que es uno de los más acérrimos partidarios de Luisa?