--Ni de más gracia en todas sus acciones.
--Ved aquí, señoras, explicada la causa del imperio que esa jóven ejerce en nosotros y áun en su mismo sexo, lo que es mucho más raro, dijo triunfante nuestro antagonista: la belleza es relativa; es decir, agrada segun el gusto de la persona que la contempla; la elegancia es absoluta, es decir, que agrada á todos y á todos cautiva: podrán VV. expresar su gusto acerca de las facciones de Luisa, que á unas agradarán y á otras no; pero con respecto á su perfecta educacion y á su carácter simpático, nadie halla defectos que ponerla.
La llegada del té impidió que respondiéramos á aquellas palabras sensatas y llenas de verdad; pero así que la parte masculina nos dejó para ir á saborear sus habanos, nosotras volvimos á hablar de Luisa.
--Mi marido tiene razon, es preciso concederlo, dijo nuestra amiga: no sé por qué nos admiran las inmensas simpatías que alcanza Luisa: ¿no habeis reparado con qué gracia se viste, qué dulzura hay en sus palabras, qué encanto hay en su voz?
--Y luégo, añadió otra, su elegancia es incomparable: sabe de qué modo se ha de vestir á todas horas, y lo hace con un gusto exquisito.
--No será, pues, por su riqueza.
--¡No por cierto! Sus medios no pueden ser más escasos, y á no ser por su habilidad...
--Es, en efecto, positivo, dijo nuestra amiga, que en la sociedad rendimos culto--y á veces hasta involuntariamente--á todo lo que es bueno y bello: la simpatía es una ley poderosa, y sólo la dedicamos á quien la merece: pocas veces se engaña la simpatía, y áun es más fácil que se engañe el amor, porque en éste tienen su parte los encantos del rostro, en tanto que aquélla nace casi siempre del conocimiento de las bellas prendas del alma y de una educacion esmerada.
Vemos algunas veces una figura muy bella, pero que no nos agrada: sin embargo, siempre seducen y cautivan la verdadera elegancia, los modales escogidos, y en fin, la distincion natural de aquella, á quien un carácter dulce hace más encantadora.