Y el Señor que mi espíritu alumbra con el suyo;
El Señor que me infunde esta sacra visión,
El Señor que amamanta las palabras que arguyo
El es el todo eterno; yo su alta misión.
El me dará la gracia y el origen preclaros
Para hacer que mi idea cobre ansias intensas,
Para que mis palabras, resplandecientes faros,
Disipen las negruras de estas sombras inmensas.
Para anunciar al mundo y todas sus naciones
Que esta es la hora sacra, que este es el gran momento,
La hora que desecha todas las desviaciones
Que de su tiempo fueron ilusorio sustento.
Para infundirle fuerza y elevada conciencia
De todo lo que se ama, se busca o ya se halló.
Que en cada cosa hay una extraña providencia
Y en cada acto un signo cabal que la falló.
Que cada ser viviente es una suma herencia
Del Señor que es prodigio de paz, gloria y amor.
Que para proseguirlo hemos de ser la esencia
De su divino numen: braza, luz y fulgor.
Que el Señor nos ha ungido con aquel gran milagro
Inefable y excelso de humana floración.
Impulsemos los brotes, removamos el magro
Rescoldo hacia una bella, grande renovación.
Propulsemos el ansia que en nuestro ser palpita
Por la magna palabra eternamente en pos.
Seamos los conos de la ley no prescrita:
Vivamos como un Hombre, amemos como un Dios!
Pisemos en la zarza aún dejando en ella
Girones de la carne al triscar en la espina ...
Cada gota de sangre lucirá como estrella
Y arderá en los zarzales el fuego que ilumina.
Las manos de granito y el corazón de fuego
Que amasen, consoliden, supremos monumentos!
Blindad así la vida y de un constante riego
Fecundad sus entrañas, huérfana de sustentos.
¡Amad, amad, sed buenos, sembrad con manos llenas
Flores sobre las cruces, besos en las heridas ...
Haced que el holocausto se amase en vuestras venas,
Y que brote el ejemplo de vuestras propias vidas!