Infiltraré en mi sangre aquel sacro rocío,
Con el que ungieras almas, les das valor y brío.
Me impregnaré en Tu imagen; infundiré en mis fibras
La llama del gran Todo en que siempre Tú vibras.
Regaré las raíces de mi amor reverente
Con Tu lluvia benéfica, Tu luz resplandeciente.
Renovaré mis ansias, mis celos, mis clamores,
Con Tu serenidad ungida de fervores,
Y heme aquí arrodillada ante Tu tribunal,
Prosternada mi vida por el bien, por el mal.
Yo quiero ¡Dios eterno! cerrar el gran problema
Del ser que todo puede, de la piedad suprema.
Yo quiero ¡Dios eterno! ser el numen ingente
De lo que se confirma, de lo que se presiente.
Ser en la vida eterna sólo una afirmación,
Y de todo propósito la irreductible acción.
Ser la divina chispa de la sagrada llama;
El Cáliz y el Santuario del que creyendo te ama.
Y en un sublime arranque de infinita bondad
Condensar en mí misma la gran Humanidad!