Raigón.—¡Francisco! ¡Francisco! (Á voces.) Esto
no puede seguir así; no hay paciencia que baste.
¡Franciscoo!
Fransisco.—¿Qué manda usted?
Raigón.—Voy á ponerte á la puerta de la calle. 5
Fransisco.—Señorito...
Raigón.—¡Á callar! (Pausa.) Tú eres listo...
Fransisco.—Gracias.
Raigón.—Demasiado listo, tal vez.
Fransisco.—Es favor. 10
Raigón.—Pero no he visto hombre más descuidado
ni más holgazán. Yo quiero orden, y sobre todo orden,
y mira como tienes todo esto... Los instrumentos mezclados
con los cepillos, los frascos fuera de su lugar, la
cocinilla sin alcohol y todo embrollado, todo lleno de 5
polvo...
Francisco.—Pero, señorito...
Raigón.—¡Basta! Si no te corriges, date por despedido.
Unos por torpes y otros por haraganes, no se os
puede sufrir. ¡Vaya con los criados! No basta pagarles 10
bien y tratarles bien y ser amable y cariñoso con ellos...
(Gritando. Pausa.)
Francisco.—(¡Se necesita más paciencia!)
Raigón.—Voy á salir. Tengo que hacer una operación
importante en El Escorial y no volveré hasta la 15
noche...
Francisco.—En ese caso quitaré la mampara de la
escalera...
Raigón.—No; déjala como si yo estuviese. No conviene
nunca cerrar la puerta. Recibes á los que vengan, 20
les dices que estoy en cama algo enfermo y que vuelvan
mañana. ¿Has entendido?
Francisco.—Sí, señor, sí.
Raigón.—Lo creo: á listo no te gana nadie; pero á descuidado y á
sinvergüenza tampoco. 25
Francisco.—Muchísimas gracias.
Raigón.—Saca el estuche de operaciones. ¡El grande!
Francisco.—Al momento.
Raigón.—Voy á vestirme. Si viene algún cliente
antes de que me marche, no le dejes pasar, porque no 30
puedo entretenerme.
Francisco.—Está bien.
Raigón.—¡Y cuidado conmigo! (Vase Raigón por
la puerta del foro.—Francisco pasa á la sala.
)

ESCENA II

francisco. luego don atilano

Francisco.—¡Pero qué tío más insoportable! Ya
estoy deseando perderlo de vista. ¡Qué palabrotas y 5
qué modales, y qué...! Vamos, hombre, que no es
para mi genio.
Atilano (Asomando la cabeza).—¿Se puede?
Francisco.—¡Don Atilano!
Atilano.—¡Francisco! ¡Tú en esta casa! 10
Francisco.—Estoy sirviendo aquí hace tres meses.
Atilano.—Ya supe por tus compañeros que te habían
dejado cesante.
Francisco.—Suprimieron dos ordenanzas y me tocó
la china. 15
Atilano.—¡Cuánto me alegro!
Francisco.—Hombre...
Atilano.—De que estés aquí.
Francisco.—¡Ah! ¿Y usted sigue lo mismo?
Atilano.—Peor. 20
Francisco.—¿Y yendo al Ministerio todos los
días?
Atilano.—Sin faltar uno. Allí me siento en el
banco de la paciencia para saber cuando salen el señor
ministro ó el señor subsecretario, y darles un avance. 25
Ahora confío en que me repondrán pronto, porque el
nuevo subsecretario... ¿Tú no le conoces?
Francisco.—No, señor; fué nombrado después de
quedar yo cesante.
Atilano.—Pues me ha recibido ya tres veces y ha
estado conmigo muy afectuoso...
Francisco.—¿Sí, eh? 5
Atilano.—Es muy amable y muy simpático. Y
yo, ya lo sabes, sigo la máxima del pobre porfiado...
Erre que erre.
Francisco.—Lo que es á paciencia no hay quien le gane á usted.10
Atilano.—¿Verdad que no? Las horas que me
has visto pasar en aquella portería, junto á la estufa,
fumando un cigarrillo y otro cigarrillo... Y á propósito
de cigarrillos... (Francisco echa mano como si fuera
don Atilano á darle uno.
) No; iba á preguntarte si 15
tienes uno, porque me he venido sin ellos.
Francisco.—Tome usted un susini. (Se lo da.)
Atilano.—Gracias. ¿Me das una cerillita?
Francisco.—Sí, señor.
Atilano.—Gracias. 20
Francisco.—Por lo visto sigue usted á la cuarta
pregunta.
Atilano.—No, hijo mío; ya he llegado á la quinta.
Francisco.—Pero siempre de buen humor.
Atilano.—Es lo único que tengo bueno. 25
Francisco.—Mucho nos hacía usted reir á todos con
las cosas que nos contaba...
Atilano.—No se pasa mal el rato en aquella portería,
no. Te aseguro que en cuanto me empleen, casi, casi,
voy á echarla de menos. Aquel entrar y salir de 30
gente... Diputados, senadores, periodistas, pretendientes,
señoras... de todas clases... ¡Qué maremagnum!
Y los ordenanzas sin cesar de traer y llevar vasos de agua
con azucarillo. ¡Cuidado con lo que beben los empleados
públicos! Parece que no comen más que bacalao.
Francisco.—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene don Atilano! 5
Atilano.—Son observaciones de cesante crónico...
Francisco.—¿Y qué le trae á usted por aquí?
Atilano.—Pues... necesito ver al señor Raigón.
Francisco.—Hoy es imposible.
Atilano.—¿Cómo? 10
Francisco.—Me ha dado orden de decir á todo el
que venga que está enfermo y que no recibe, porque
tiene que salir y no volverá hasta la noche.
Atilano.—No importa; vas á pasarle recado.
Francisco.—¡Quiá, no, señor! Me lo ha prohibido, 15
y tiene un genio que ya, ya.
Atilano.—A mí me recibe inmediatamente. Somos
amigos de la niñez y hace que no nos vemos muchos años.
Francisco.—Dispense usted; pero la orden ha sido
terminante. 20
Atilano.—Vamos, Francisquito, sé amable; hazme
ese favor. Necesito con urgencia hablarle dos minutos.
Francisco.—No puedo.
Atilano.—Pero, hombre, tú que me has hecho tantas
veces ver al ministro, nada menos que á su excelencia, 25
vas á negarte ahora...
Francisco.—No me atrevo, la verdad.
Atilano.—Yo te aseguro que no te regaña, que me
recibe al momento. ¡Pues poquito gusto que tendrá en
verme! Anda, pásale recado. 30
Francisco.—Mire usted que va á ser inútil.
Atilano.—No lo creas. Anda, Frasquito, anda.
Ya sabes; Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los
garbanzos.
Francisco.—Bueno, le complaceré á usted.
(Vase por el foro.) 5

ESCENA III

don atilano
Yo espero que me reciba bien. Le hablaré de nuestra
infancia... Estos recuerdos son siempre gratos y llegan
muy adentro. (Sentido.) Y si veo que se conmueve...
le pido diez duros. ¿Qué menos? Un hombre que
gana tanto no creo que se niegue á favorecer á un amigo 10
tan antiguo... y tan desgraciado. Por lo menos lograré
lo de mi pobrecita hija; á eso no ha de negarse.

ESCENA IV

dicho, raigón y francisco, en el gabinete

Raigón.—¡Eres un torpe, un animal! Ya te dije
que no estaba para nadie.
Francisco.—Como insistió de esa manera... 15
Raigón.—Dile que entre... (Venir á entretenerme ahora...)
Francisco.—Pase usted. (Sosteniendo la mampara.)
Atilano.—Gracias, Francisquito. (Aparte al entrar
en el gabinete. Francisco sale á la sala y se queda escuchando 20
junto á la puerta.—Mirando á Raigón y puesto
casi en cuclillas, como cuando se hace fiestas á un niño.
)
¡Je, je, je!
Francisco.—(¡Para bromitas está el hombre!)
Raigón (Muy serio).—Servidor de usted.
Atilano (Abriendo los brazos y yendo hacia
él
).—¡Raigoncillo!
Francisco.—(¡Así lo entretenga dos horas!) (Vase 5
por el foro.
)
Raigón (Dejándose abrazar y muy
serio
).—Caballero...
Atilano.—Pero, ¿qué es esto? ¿No me conoces?
Raigón.—Sí, me parece recordar. 10
Atilano.—Fuentesaúco, Atilano, tu amigo de la
infancia, tu compañero del colegio de don Cosme.
(Abrazándole.)
Raigón.—¡Ah! Sí, sí. (Con frialdad.)
Atilano.—Ya lo creo, hombre, estas cosas no se 15
olvidan nunca. Muy transformado estás; pero te hubiera
reconocido al momento.
Raigón.—Bien, pues usted dirá...
Atilano.—¿Qué es eso de usted? Trátame con
toda confianza como yo á tí. ¡No faltaba más! Dos 20
amigos íntimos, que no se separaban nunca, que han
estudiado juntos todo el bachillerato... Siéntate, hombre,
siéntate. (Sentándose.)
Raigón.—Es que tengo mucha prisa.
(Sentándose.) 25
Atilano.—Ya me lo ha dicho el criado; pero tranquilízate,
porque seré muy breve. No he venido más
que para tener el gusto de darte un abrazo. Más despacio
otro día, hablaremos de aquellos tiempos felices...
¡Qué dichosos éramos entonces! Con la alegría de la 30
niñez, soñando un porvenir de color de rosa... ¡Ay!
Tú lo has realizado; pero yo... (Suspirando.) En fin,
no quiero entristecerte refiriéndote mis desgracias. Hoy,
por una casualidad, hablando con otro compañero nuestro,
aquél que llamábamos Pandereta, ¿te acuerdas?
¡Pandereta! 5
Raigón.—No.
Atilano.—(Éste no quiere acordarse de nada.) Pues
bien; hablando con ése en esta misma calle, ahí, frente
á esta casa, me dijo señalando á la muestra que tienes en
los balcones: «¡Ése sí que ha hecho suerte! Ahí le 10
tienes, el más famoso, el mejor dentista de España,
Manolito Pérez.»—«¡Manolito!» exclamé yo muy sorprendido.—«¿Pero
ese renombrado Raigón es Manolito
Pérez?»—«El mismo.»
Raigón.—Sí; como es menos común, uso el apellido 15
de mi madre.
Atilano.—Y muy bien usado. ¡Raigón! El apellido
más propio para un dentista. Siempre tuviste
disposición para estas cosas: en la clase de matemáticas
eras una especialidad para la extracción de raíces. ¡Je, 20
je! (No le ha hecho gracia el chistecito.)
Raigón.—Yo siento mucho no poder detenerme más;
pero me aguardan y...
Atilano.—Acabo al instante. ¿Sigues soltero?
Raigón.—Siempre. 25
Atilano.—Yo no. Soy viudo y tengo una hija,
un ángel, que es mi único consuelo en este mundo.
Cose para las tiendas y con eso vamos viviendo mientras no
me emplean. Trabaja la infeliz, dale que le das á la
máquina, una silenciosa que voy pagando á plazos. 30
¡Ay! (Suspira.) Pero hace dos semanas, mi pobrecita
hija, apenas puede coser, porque de noche y de día
está en un grito.
Raigón.—¿Pues?
Atilano.—Le ha salido la muela del juicio un poco
torcida y la hace sufrir de un modo horrible. No hay 5
más remedio que extraerla; pero, ¿cómo? Yo me encuentro
sin recursos, en una situación deplorable, puedes
creerlo, deplorable; ni aun dispongo para llevarla á un
mal dentista.
Raigón (Levantándose).—¡Acabáramos! Pues si no 10
es más que eso...
Atilano.—Nada más.
Raigón.—Los jueves, de tres á cinco, tengo consulta
gratis para los pobres.
Atilano.—¿Eh? (Levantándose.) 15
Raigón.—Ven con tu hija y se la operará como sea
preciso. ¡Vaya, adiós! ¡Francisco! (Llamando.)
Atilano.—Adiós, hombre, adiós. (Con amargura.
Pasa á la sala.
)
Raigón.—¡Adiós! (Y para esto me ha entretenido 20
media hora.) (Poniéndose el sombrero.)

ESCENA V