dichos y francisco
Raigón.—Me marcho por la escalera interior para
no encontrarme con otro posma como ése, y por haberle
dejado entrar estás despedido. Puedes buscar casa
desde hoy; ya lo sabes. (Vase.) 25
Francisco.—Está bien, señorito.
ESCENA VI
don atilano y francisco, que pasa á la sala
Atilano.—¡Inhumano, grosero! ¡Sacamuelas!
Si siempre fué un adoquín, desde chico. ¡Y pensaba yo
pedirle diez duros!... ¡Cualquiera le pide nada á ese
hombre!
Francisco.—¡Don Atilano! ¿Todavía está usted 5
aquí?
Atilano.—¡Todavía!
Francisco.—¿Qué le pasa á usted?
Atilano.—¿Qué ha de pasarme? Que tu amo es el
tío más soez de la tierra. 10
Francisco.—Eso ya lo sabía yo.
Atilano.—Me ha recibido de la manera más descortés,
y al decirle que me encontraba sin medios y que
mi hija necesitaba sacarse una muela, ¿sabes lo que ha
dicho? 15
Francisco.—¡Qué sé yo!
Atilano.—Que los jueves tiene consulta para los
pobres; así, en seco. (Afligido. De pronto y con ira.)
¡Me han dado intenciones de saltarle dos muelas de una
bofetada! 20
Francisco.—Pues á mí me ha despedido por haberle
dejado pasar á usted.
Atilano.—¿De veras?
Francisco.—Ahora mismo me ha dicho que busque
casa. 25
Atilano.—Hombre, cuánto siento haberte perjudicado...
Francisco.—No señor, no; si me despide cada dos ó
tres días; tiene un genio insufrible; pero ya no le sufro
más, ahora va de veras y me largo. ¡Que lo aguante su
abuela! Siempre está furioso.
Atilano.—¡Parece mentira, ganando tanto 5
dinero!...
Francisco.—¿Dinero? Eso no lo sabe usted bien.
Esta casa es una romería. Días hay en que saca más
de quinientas pesetas.
Atilano.—¡Qué barbaridad! 10
Francisco.—Si por cualquiera cosa lleva un dineral.
Y cada vez más gente.
Atilano.—Sí, ¿eh?
Francisco.—Desde las once de la mañana hasta las
seis de la tarde esta sala está llena de señoras y de caballeros... 15
Y cada uno dos duros, ó cuatro ó diez;
conque eche usted la cuenta.
Atilano.—¡Qué suerte! ¡Un hombre tan bruto!
Francisco.—¿Y tacaño? Es de lo que no hay.
Con decirle á usted que para todo ese trabajo no quiere 20
un ayudante. ¡Nada! Todo para él. Es así. (Cerrando
el puño.) Y figúrese usted si le convendría tener
quien le ayudase; un día como hoy, por ejemplo, que
necesita ausentarse para hacer una operación en El
Escorial, pues pierde aquí todo ese dinero... y los 25
enfermos se van disgustados...
Atilano.—Naturalmente.
Francisco.—Hoy se marcharán Dios sabe cuántos...
(De pronto, como asaltado por una idea feliz.)
¡Caracoles! 30
Atilano.—¿Qué?
Francisco.—¡Caracoles!
Atilano.—Ya lo he oído; caracoles.
Francisco.—¿Quiere usted vengarse de ese tío
grosero?
Atilano.—No deseo otra cosa. Desde que me dijo 5
aquello de los jueves, tengo las tripas como una
devanadera.
Francisco.—Pues hay un medio de que usted y yo
nos venguemos de sus groserías, ganándonos quince ó
veinte duros. (Muy alegre.) 10
Atilano.—¿Qué dices?
Francisco.—Él no volverá hasta la noche, y
tenemos todo el día por nuestro.
Atilano.—¿Para qué?
Francisco.—Para recibir á los pacientes que vengan. 15
Usted espera ahí dentro, muy serio y muy grave,
como sustituto del señor Raigón...
Atilano.—Pero, hombre, si yo no sé sacar muelas...
Francisco.—Ni hace falta. Á la mayoría de los
que vienen les pone un algodoncito empapado en un 20
elixir y cocaína. Yo estoy enterado de todo esto. Una
mechita, enjuáguese usted.—¡Dos duros!—¿Á ver
cómo va eso? Perfectamente. Siga usted con lo mismo.
¡Dos duros!—Abra usted la boca. Hay inflamación;
no debe operarse: ¡dos duros!—¡Y así, un jubileo 25
y venga guita!
Atilano.—¡Francisco, por Dios!... (Dudando, pero
deseoso de aceptar.)
Francisco.—No sea usted tonto. Usted no ha de
volver por aquí... 30
Atilano.—¿Yo? En mi vida.
Francisco.—Y yo me voy mañana, conque...
Atilano.—Paquito, que me comprometes... (Como
antes.)
Francisco.—Vamos al comedor; tomará usted
una copita de Pedro Jiménez para animarse. 5
Atilano.—¡Frasquito!
Francisco.—Que nos sacamos lo menos veinte duros
y nos los repartimos como buenos hermanos...
Atilano.—¡Diez duros! ¡La felicidad!
Francisco.—Yo le indicaré á usted lo que debe 10
hacer. Andando, que ya sube alguien...
Atilano.—¡Frasquito! ¡Frasquito!... (Dudando
y resolviéndose de pronto.) Andando. (Vanse.)
ESCENA VII
inocencia y lelis
Lelis.—Vamos, entra, no seas tonta.
Inocencia.—¿No hay nadie? 15
Lelis.—Nadie.
Inocencia.—Eso me tranquiliza.
Lelis.—Pero, por Dios, ¿á qué viene ese miedo?
Inocencia.—Temo encontrarme con algún conocido.
Lelis.—No hemos de tener esa desgracia. 20
Inocencia.—Si mi papá llegase á saber esto, yo creo
que del disgusto se moría y después me mataba.
Lelis.—No, mujer, sería antes.
Inocencia.—Eso es; no sé lo que digo, estoy trastornada. 25
Lelis.—¡Claro! Sin dormir hace tres noches.
Inocencia.—Cuatro.
Lelis.—¿Y querías que te dejara así, pudiendo
librarte de ese tormento? No, vida mía.
Inocencia.—¿Y cómo te has proporcionado esos
tres duros? Dime la verdad, porque tú... tú no sueles
tener mucho dinero. 5
Lelis.—Ni poco. Te lo contaré con toda franqueza.
Voy á abrirte mi corazón. (Deja el sombrero sobre el
velador.)
Inocencia.—Bueno, ábrelo.
Lelis.—Verás. Como ya te he dicho, todas las 10
noches te oigo quejarte á través del tabique. ¡Maldito
tabique! ¿Por qué la suerte ingrata nos ha colocado
pared por medio? Es decir, ¿por qué ha colocado esa
pared entre nosotros?
Inocencia.—Lelis; no digas eso. ¡Ay! ¡Ya me 15
vuelve! (Llorando y llevándose la mano al carrillo.)
Lelis.—Así, así te oía anoche, y dije: de mañana no
pasa. Si su pobre padre no puede sacrificar un par de
duros, yo los buscaré. Hoy me levanté muy temprano,
cogí una americana y unos pantalones... 20
Inocencia.—Y te los pusiste. Abrevia, hombre,
abrevia.
Lelis.—No me los puse, es decir, me puse otros y
aquéllos los llevé á una casa de préstamos. Por las dos
prendas me han dado tres duros. 25
Inocencia.—¿Y si tu mamá descubre lo que has
hecho?
Lelis.—Si lo descubre, lo descubro todo. Estoy
resuelto. Yo soy así, no me atrevo á nada; pero cuando
me atrevo soy atroz. 30
Inocencia.—Ya lo sé.
Lelis.—Pues para todo igual. Si mi mamá ó tu
papá se enteran de nuestras relaciones, yo soy muy
hombre para decirles: sí, la quiero con toda mi alma.
La vecinita de la derecha me ha robado lo que tengo á
la izquierda. (Señalando el sitio del corazón.) Suyo es 5
y suyo será...
Inocencia.—¡Ay, Lelis!
Lelis.—¿Qué?
Inocencia.—Que me duele mucho. (Llorando.)
Lelis.—Ten paciencia, monina, ya poco podemos 10
tardar. Somos los
primeros.
Inocencia.—¿Me hará mucho daño?
Lelis.—No, no tengas miedo, un tirón nada más.
Dicen que no hay mejor dentista en Madrid. Por eso
te he traído aquí, aunque cueste más caro... 15
Inocencia.—Gracias, gracias, no sé cómo
corresponder...
Lelis.—Ya te lo he dicho; dándome la muelita...
Quiero conservarla. ¡Tu muela del juicio! Sólo de
pensar en poseerla, pierdo yo el juicio. (Va á abrazarla.) 20
Inocencia.—Vamos, sé juicioso.
Lelis.—Me voy á hacer con ella un alfiler para la
corbata. (Se sienta Inocencia.)
ESCENA VIII
dichos, don atilano, con el batín de raigón, y francisco, en el gabinete.