Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid, y habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le aconteció algunas veces en su corto reinado.
Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos de la época, era tio del rey don Enrique III, y descendiente por línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II, habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente reputársele uno de los mas ricos señores de Castilla. No habia pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo, en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos: pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdad servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario. No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.
Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable por su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento, y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgados y sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian. Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta envidia te tengo!
—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.
—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...
—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un hidalgo particular...?
—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces, doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo con ella á los tres años que á los tres dias.
—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira, lanzando un suspiro. ¿Dónde está?