—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?

—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este vínculo en sí verdaderamente.

—No te entiendo, Elvira.

—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?

—¿Qué dices?

—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad segura empero de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera, ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos. En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de haberse enlazado para siempre.

—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...

—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi conducta irreprensible.

—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!

—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una corneta?