—¿No?
—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la habitacion del caballero recien venido de Calatrava.
—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.
Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas, y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para dar entrada al esperado esposo.
—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la vista de su consorte anhelante.
—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?
—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido caballero.
—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu presencia, y que solo para tí existo...
—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?
—Y si solo tu venida...