—Me es indiferente, señora...

—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y á mí...

—Acabad...

—Sí, acabaré... á mi necedad...

—Basta; no estamos solos, señora.

—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada de dolor.

—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...

Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava habia alimentado inútilmente.

—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar: esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros... tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos.

—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.