CAPITULO IV.
Este es aquel Albenzáyde
que entre todos tiene fama.
Floresta de var. Rom.
La cámara de don Enrique de Villena, adonde vamos á trasladar á nuestro lector, era una verdadera rareza en el siglo XV. Una ancha y pesada mesa, que en valde intentariamos comparar con ninguna de las que entre nosotros se usan, era el mueble que mas llamaba la atencion al entrar por primera vez en el estudio del sabio. Varios voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban á la vista del curioso gruesos caractéres góticos estampados, ó mejor diremos dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reló de arena; un enorme tintero, cuyos algodones hubieran podido prestar zumo para varios tomos en folio; dos ó tres lunas redondas, de aquellas con que solía surtir la reina del Adriático entonces á las personas ricas; algun espejo metálico girando sobre un eje á la manera de los modernos tocadores de las damas; varios instrumentos groseros de matemáticas, que el vulgo creía talismanes mágicos, y no pocos alambiques y redomas aplicables á usos químicos, si asi podemos llamar á las confecciones misteriosas de los que en aquella época encanecian buscando la piedra filosofal ó la esencia del oro; crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de física, eran los objetos que cubrian la mesa que hemos procurado describir: veíanse á otra parte de la habitacion armas ofensivas y defensivas, que segun la estima que en aquellos tiempos belígeros tenian, no dejaban nunca de verse en las cámaras de los caballeros: una lámpara de cuatro mecheros, suspendida del artístico arteson, y otra manual y mas pequeña colocada entre la confusion de objetos que llenaban la mesa, iluminaban el laboratorio del conde de Cangas y Tineo.
Un enorme sillon de baqueta, donde hubieran podido sentarse cómodamente mas de dos personas, completaba el ajuar del misterioso personage de nuestros primeros capítulos.
En la noche á que nos referimos, y á una hora medianamente avanzada consideradas las costumbres del siglo, se hallaba en aquella pieza un hombre solo, en quien el lector reconocerá al momento á Ferrus con solo notar su sonrisa maligna y el aire de importancia y franqueza con que paseaba á lo largo y á lo ancho en una habitacion, de que ciertamente no era él el dueño. Despues de un momento de pausa,—Rui Pero, dijo en voz baja Ferrus, Rui Pero.