—Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar. ¡Voto va! cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él, cada vez me interno mas en la maleza, y ó perezco en la demanda, ó salgo con la res.

—Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y de todo el que tiene perros para levantarle.

—¿Tiene, pues, dueño el venado que has visto? Te asiste entonces sobrada razon. Nunca he metido mis sabuesos en monte ageno ni vedado. A quien Dios se le dió, San Pedro se le bendiga. Pero en justa compensacion, ¡ay del que hiciera resonar una bocina en monte de mi señor! Mi fiel Brabonel, que duerme ahora descansadamente, y la punta de mi venablo le enseñarian la salida y le sabrian obligar á tañer de sencilla.[1]

[1] Toque de los cazadores, cuando no encontraban venado y querian salir del monte.

—Hernando, calla, calla por Dios y por Brabonel.

No sabia el tosco montero, poco cortesano, cuán adentro habia entrado en el corazon de su señor su última alegoría mas despedazadora que el aguzado acero de su mismo venablo.

—Callaré; pero antes he de decir que el montero que pasa por monte vedado, si el diablo le tienta para escatimar el rastro, ha de apretar los hijares al caballo é irse á monte suyo. ¡Voto va! que hay venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido Hernando cuando ha oido esta tarde en medio del monte las bocinas de sus amigos, y cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que contentarse con sacar del bolsillo un inútil pergamino, y volverse como perro cobarde con las orejas agachadas y sin siquiera ladrar, por obedecer á su amo?

—Seguiré tu consejo, Hernando, repuso el caballero lanzando un suspiro, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo estaremos al alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y descansa.

No habia acabado aun de hablar el resuelto caballero, cuando levantándose Brabonel sobre sus cuatro patas abrió una boca disforme, lamióse los labios, agitó la cola, y sacudiendo las orejas acercóse á pasos lentos y mesurados á la puerta, como dando muestras de oir algun rumor que reclamaba su atencion y vigilancia. No tardó mucho en romper á ladrar despues de haber imitado un momento por lo bajo el sordo y lejano redoble de un tambor.

—Brabonel, dijo Hernando acercándose y dándole una palmada en el lomo, vamos, ¿qué inquietud es esa? No estamos en el encinar. ¡Vamos, silencio!