—Hernando, dijo por fin el angustiado caballero, mañana habremos de madrugar para partir con el alba; recógete y descansa.
—¿Y tú, señor? ¿no tañerás de acogida? respondió Hernando.
Debemos advertir para la mas facil inteligencia de nuestros diálogos sucesivos que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero él mismo, solo vivia en la caza y en el monte, y asi pensaba él en hablar otro lenguaje que el de la montería, como por los cerros de Úbeda. No conocia mas amistad que la que con los venados del monte hacia tantos años tenia establecida, ni mas amor que el de su fiel Brabonel; tal era el nombre del poderoso alano que á sus pies roncaba, al cual distinguía de todos los demas perros que á la sazon en la corte de don Enrique tenian nota de valientes no solo por su constancia en seguir y acosar dias y noches enteras á la res, sino tambien por el conocimiento estremado con que buscaba la osera y escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese escondido. Pagábale en verdad el leal Brabonel con usura su marcada aficion, y conocíase esto mas que en nada en no querer recibir el alimento sino de la propia mano del laborioso montero. Solo se le conocia á Hernando un flaco que contrapesaba casi siempre con ventaja el cariño que á su perro tenia; á saber, la fidelidad á su amo, único hombre á quien manifestaba respeto y deferencia, y para quien moderaba y suavizaba la condicion agreste que en los bosques se habia formado con no poco perjuicio de sus adelantos é intereses, pues solía responder á un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas como la ballesta que en la diestra llevaba las mas horas del dia, en muestra de su pasion montaraz. Con esta pequeña digresion, que en vista de su importancia nos perdonarán facilmente nuestros lectores, estarán estos mas dispuestos á interpretar la técnica gerigonza con que entreveraba los mas de sus discursos y conversaciones.
La pregunta que acababa Hernando de dar por respuesta al taciturno caballero no tardó en obtener una contestacion aclaratoria de la situacion del espíritu de aquel á quien se dirigia.
—Nunca, Hernando, nunca, repuso el atribulado señor, nunca encontrará el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el dia partiremos de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero, queda concluida la comision que á Madrid nos ha traido. Si tú supieras cuánto me pesa la atmósfera en la inmediacion de...
Al llegar aqui detuvo la lengua el caballero como si hubiera temido haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su corazon pesaba.
—¿Y hemos de seguir atados á la trahilla del conde? Por el soto de Manzanares le aseguro que no comprendo cómo un caballero que ha seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique puede vivir contento andando al monte del nigromante de...
—Silencio, Hernando; haces mal en ofender al conde de Cangas con esas voces que el vulgo ha adoptado, tal vez con sobrada ligereza. Verdad es que soy doncel de su alteza; empero aceptando el encargo del conde, aprovechaba el único medio que á la sazon tenia para desembarazarme de la confusion de la corte, que aborrezco.
—Solo desde que levantaste la caza... porque antes la amabas como yo amo el monte.
—Como quieras: no por eso dejará de ser verdad que en el dia la aborrezco. La muerte es la que me espera en la corte: una estrella fija que la acompaña siempre, y que luce en medio de ella como Venus entre los demas planetas, deslumbra mis débiles ojos... La aficion que desgraciadamente me ha tomado el rey no hubiera permitido que yo me separase con ningun pretesto de esa corte, donde he de encontrar mi perdicion, á no haberle alegado su mismo tio el de Villena, á quien nada puede negar, la falta que de mí tenia. Supe que el conde necesitaba un emisario en Calatrava, fingí adaptar mi carácter al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que esta venida se mantuviese oculta á todo el mundo, y asi lo he exigido de don Enrique, porque si el rey supiera mi estancia en su propio palacio, no me sería tan facil volver al lugar apartado, donde la distancia de la causa de mis penas me pone á cubierto de los peligros que su inmediacion me prepara.