—Os preciais de invencibles los caballeros, y ved aqui que una sola palabra de un pobre page ha alterado toda la serenidad de un doncel tan cumplido como el trovador M... no tengais miedo; no lo volveré á pronunciar. Pero veo en el calor con que habeis oido mis palabras, añadió maliciosamente, que tomais todavía algun interes por vuestras antiguas conexiones.

—¿Te complaces en atormentarme, page? ¿De parte de quién vienes? ¿qué te trae aqui? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto; nunca enviado alguno habrá logrado una recompensa mas brillante.

—Os equivocais. Guardad la recompensa para mejor ocasion.

—¡Cielos! esclamó Macías. Bien que... añadió para sí, ¿no ignora mi venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envia el infierno para abrir mis heridas mal cicatrizadas?

—Bien podeis decir que me envia el infierno, porque vengo de parte de su mayor amigo.

—¿Estás loco?

—Del nigromante. ¿No me entendeis?

—¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que corre de él y crece de dia en dia...?

—Buenas trazas lleva de querer destruirla, y ha alhajado su gabinete por el estilo del de el fisico de su alteza el judío Aben-Zarsal, y se andan á la magia de mancomun...

—¡Silencio otra vez! dejemos la magia, y el judío y el nigromante. Respóndeme, page. ¿Y por qué te envia á tí don Enrique de Villena? No me habia dicho que serías tú su emisario.