—Os lo diré, si me soltais este brazo, que me va doliendo mas de lo que es menester: no os acordais que tengo quince años. Si el brazo fuera de mi prima, no os distrajerais de esta manera.

—Basta; habla, pues, la verdad; con esa condicion te suelto.

—Apuesto que me habeis hecho un cardenal.

—¿Quieres apurar mi paciencia, page? Habla, ó te hago otro en el otro brazo.

—Piedad de mí, señor caballero. Pero no dudeis que me envia don Enrique. “Busca la habitacion donde pára el caballero que ha llegado esta mañana de Calatrava,” me dijo de su parte Ferrus, “llega á la puerta, da tres golpes, y pronuncia el nombre del señor de Villena.”

—Bien, lo sé; era la señal convenida para anunciarme que le esperase. ¿Pero eres por ventura de su familia?

—Sí soy: habeis de saber que don Enrique estando un dia con Fernan Perez de Vadillo...

—¿Fernan Perez?

—Sí, el marido de Elvira, á quien conoceis como á mí...

—Prosigue, page, y no me irrites mas con tus digresiones.