—Me vió en el cuarto de mi prima y hube de agradarle: díjome que si queria servirle en clase de page, y acepté á pesar de mi prima, que queria tenerme á su lado, porque como solo conmigo podia hablar de... ¿quereis que lo diga?
—Acaba, page del infierno.
—De vuestra señoría añadió el page malicioso quitándose una especie de berrete que en la cabeza traía y haciendo una profunda cortesía.
—¿De mí? ¡ah! tiembla, Jaime, si te diviertes á mis espensas.
—Os quiero demasiado para eso; como os digo, entré á servirle, pero os juro que desde mañana me vuelvo al lado de mi prima, porque he cobrado miedo á sus hechizos. Dicen que sabe alzar figura y... ¡Jesus...! yo me entiendo.
—Page, óyeme: nadie en el mundo pudiera haberme hecho mas feliz con menos palabras; tú has renovado ideas que yo debiera haber abandonado hace mucho tiempo; pero nadie puede mas que su destino. Si en tu vida has sospechado alguna cosa del mal que padezco, calla como la tumba: si nada has sospechado, nada preguntes, nada inquieras. Sobre todo, vuelvas ó no al lado de Elvira, júrame no abrir tu boca para decir que me has visto en Madrid: toma, añadió quitándose un anillo que en el dedo pequeño traía, toma, y este te recordará la obligacion en que quedas conmigo, y que el doncel de Enrique III no olvida jamas á las personas que una vez quiso bien. Ahora parte y calla. Nada has oido, nada has visto.
—Señor doncel, ignoro el valor de estos diamantes, pero aunque fuera este anillo de hierro, bastaba para lo que yo le quiero. Decidme solo que no quedais enojado conmigo.
—¿Enojado, Jaime? ¿enojado, dichoso Jaime? A Dios; si algun dia necesitas del socorro de un caballero, acuérdate del doncel de Enrique III: á Dios; á esta hora no me convendria que te encontrase nadie en mi aposento: parte, Jaime, y si vuelves á don Enrique, di que tu comision ha quedado completamente desempeñada.
Acomodó el page en el dedo en que mejor ajustó el anillo del doncel, y despidiéndose afectuosamente no tardaron en oirse sus pasos por los corredores; de alli á poco sus ecos fueron gradualmente perdiendo sonido hasta desvanecerse y perderse del todo en la distancia.
La escena y el diálogo inesperado que acababa de sostener el desdichado doncel no eran los mas á propósito para tranquilizar su agitado espíritu. En cuanto dejó de oir los últimos ecos de los pasos del mancebo, que habia abierto casi inocentemente sus antiguas llagas, y habia echado leña seca en el fuego que ardia hacia poco al parecer amortiguado en su pecho, cerró su puerta y comenzó á pasear su pena por la pieza con pasos tan vagos como sus ideas. Largo espacio de tiempo duró en aquel estado de lucha consigo mismo, ora paseando aceleradamente, ora parándose de repente como si el movimiento de su cuerpo se opusiese al de sus pensamientos. “Dulce señora mia, esclamaba de cuando en cuando, duélete de tu caballero, y no quieras á rigores acabarle.”—“¡Jamas, decia otras veces, jamas le diré mi pensamiento; el fuego que me devora habrá entregado al viento la última pavesa de mis cenizas antes de que sepas, ó señora mia, que tus ojos le han prendido! ¿No habia, cielos, otras bellezas, añadia despues, de quien pudierais haberme hecho prendarme, que fue preciso que me entregaseis á discrecion de la única tal vez de quien un juramento sagrado y una union mil veces maldecida para siempre me separan? ¡Yo romperé esa ara, yo la destrozaré! ¡yo hollaré con mis propios pies ese altar funesto que nos divide!” concluía al cabo de un paseo mas agitado.