Pero de alli á poco volvia la reflexion á ocupar el lugar de la pasion y se le oía entre dientes: “No, el infeliz Macías le probará el esceso de su amor en el mismo esceso de su silencio: él será eternamente desdichado, pero jamas tendrá valor para perturbar tu felicidad.”
En estos y otros soliloquios á estos semejantes le encontró el momento de la visita que esperaba. El conde de Cangas y Tineo, envuelto en un sobrecapote de fino bellorí, y con una linterna sorda en la mano para alumbrar sus pasos, se presentó llamando á su puerta. Abrióle, y despues de un corto y silencioso saludo dieron principio al importante coloquio que nos vemos precisados á dejar para otro capítulo.
CAPITULO VI.
Calledes, conde, calledes,
conde, no digais vos tale.