—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabiamos el infausto acontecimiento: en dos dias lo menos no se tendrá en Madrid mas noticia que la que nosotros queramos esparcir.
—Ninguna. Dadme vuestra palabra.
—De caballero os la doy.
—Permitidme ahora que os pregunte si habeis sospechado ¿cuál puede ser mi objeto?
—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.
—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecucion de mis planes: el paso que conociendo ya mi carácter dísteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en Calatrava, me hace pensar que habeis formado planes para vos mismo análogos acaso á los mios.
—Os juro que no tenia mas plan que el de serviros.
—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...
—No os entiendo...
—No importa: si nuestros intereses estan unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio; tanto mejor. Oidme, que acaso mi confesion facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.