—¿Vos, señor?
—¿No lo habiais sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragon es algun dia maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Quereis ocupar otro puesto que os convenga mejor?
—Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
—Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos, dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estais sorprendido?
—Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del himeneo os unen á una muger, y no podeis ignorar que este es un obstáculo insuperable.
—Obstáculo sí; insuperable ¿por qué? esclamó don Enrique apoyado en la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco antes de venir á buscar al doncel, y que él habia abrazado con tanta mas confianza cuanto que su pérfido consejero habia empleado para hacérsele adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto habia admirado á don Enrique, que aquella habia sido la primera vez que habia llegado á dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendria poder para sugerir ideas á sus fieles servidores.
—¿Por qué? repitió Macías: esperad: solo un medio entreveo: ¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...?
—Jamas consentirá. En valde la he querido reducir.
—¿En ese caso...?
—Oidme. Cuento con vos.