—Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y...

—Oid y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.

Encendiéronse las megillas de Macías, y bien hubiera querido interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar.

—Doncel, mañana al caer del dia procuraré que doña María de Albornoz, mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo diurno y solitario su camarera Elvira: cuando se haya separado largo trecho de sus demas criados, un caballero convenientemente armado, y ayudado de los brazos que creyere necesarios, arrebatará á la condesa de la compañía de Elvira. ¿Qué teneis?

—Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su indignacion.

—Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava á dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que robando á la condesa ha de dar el paso mas dificil en tan importante empresa. Si una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa para su ambicion, él será el verdadero maestre, y despues de don Enrique de Villena nadie brillará mas en la corte en poder y en riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.

—¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel de don Enrique el Doliente habeis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habeis indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien lo merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aun atada en la vaina por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su buen nombre y espera de él cobardes acciones.

—¡Doncel! esclamó asombrado levantándose tambien á este punto el conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar mas palabra en un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin mas fruto que su amarga reconvencion y culpábase en su interior de no haber esplorado mas tiempo el terreno arenoso sobre que habia sentado el pie arriesgadamente.

—¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!

—¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero y que Macías habia de poner cobardemente la mano sobre una muger indefensa? ¿Qué vísteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí del rey y profeso? ¿No me habeis visto vos mismo pelear con los moros y los portugueses? ¿En qué dia de batalla me vísteis huir? ¡oh rabia! ¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! Hé aqui el concepto que de tus mismos grandes merecen tus donceles.