No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal era la ira y el corage que crecian por momentos en su corazon. Algun tiempo dudó si echando mano á la espada vengaria con sangre los ultrajes á su persona que por primera vez oía, y si sepultaria para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente habia descubierto, ó si hundiria en la suya propia su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones todas, para obrar en consecuencia, el ofendido jóven, y bien se veía en su semblante la resolucion que tomada tenia de responder con la espada ó con la lengua á los desmanes del orgulloso magnate. Reflexionó empero don Enrique que un lance ruidoso de esta especie á aquellas horas, y en el alcázar mismo de su alteza, no podria tener en ningun caso buenas consecuencias para sus planes, y determinó encomendar á la prudencia los yerros que por falta de ella habia recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le habia sido de conocida utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya hoja habia brillado ya en parte un corto instante á los ojos de su interlocutor:
—Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos años han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os habia quitado. No penseis sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo velas, que era mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os proponia; tal vez queria conocer á fondo vuestro carácter, y estoy completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto al objeto de mi visita, ignoro si despues de haber pensado mejor los medios que tengo á mi disposicion para llegar á ser maestre eligiré ese ú otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio en mi casa: escusais volver á Calatrava: mañana os devolveré á su alteza; pero como os supongo bastante talento para conocer el mundo y los hombres, á pesar de vuestros pocos años, espero que nos separaremos amigos, como dos caminantes que han pasado una mala noche en una misma posada, y que al dia siguiente, debiendo seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortesmente. Si sois el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debeis guardar el de otro caballero y los pactos en que estábamos hasta la presente convenidos; si creeis sin embargo de vuestro deber dar á la luz pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos, añadió afirmándose en los talones con ademan de hombre resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar, acordaos de que don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime, y tio del rey don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa venganza á un doncel pobre y oscuro del rey Doliente, á quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.
—Deteneos, dijo Macías mas sosegado asiéndole de la ropa al ver que se preparaba á salir del teatro de su confusion. Deteneos; puesto que habeis creido necesaria una esplicacion antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo á su clase le esponga mis sentimientos sobre frases nuevamente ofensivas que acabais de proferir. Sé cuanto debo al rango que ocupa don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á responder no sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero, conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfaccion, en ello os la doy: si la quereis de otra especie, mi lanza y mi espada estan siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra proteccion no la necesito. Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de ocultarlos...
—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.
—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os prometo sin embargo en consideracion al nombre ilustre que llevais, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré mas uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habeis dicho que el indispensable para salvar á la inocencia que quereis oprimir. Dadme licencia de que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar á la de Albornoz sin hablar callaré; mas si puede mi silencio contribuir á su ruina hablaré. A esto me obliga el ser caballero.
—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor; pero ¡temblad...!
—Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra estancia, añadió Macías con respeto y mesura.
—No, estaos aqui, yo lo exijo; á Dios quedad.
—Ved, señor, que no es esa la salida; por alli saldreis mejor.
—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato habia equivocado la puerta interior con la esterior.