Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara que sobre la mesa ardia alumbrólo hasta que comenzó á bajar los escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse “A Dios, señor, y el cielo os prospere,” dijo en voz alta el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus oidos dió indicios de que habia sido oido su saludo, y respondido entre dientes, acaso con alguna maldicion, por el irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio tenia, y sobre todo la manera que deberia observar para impedir los efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le habia hecho el magnánimo doncel.

Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que habia efectuado en su situacion la escena en que acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de su corazon á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Despues de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la cámara de Hernando, y llamólo en voz baja.

¿Quién pregunta? dijo entre sueños el feliz montero: ¿tañen de andar al monte?

—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si nada hubieras oido. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja descansar á los caballos.

—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.

Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los proyectos que preparaba para el dia siguiente pudiesen ser de pronta utilidad.

Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde encontró á su Ferrus. Alli trataron los dos, no ya de llevar á cabo su proyecto tal cual primeramente le habian concebido, sino con aquellas alteraciones que exigia la nueva posicion en que los habia puesto la repulsa de Macías y de la venganza y precauciones que deberian usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar á sus pérfidas intenciones. Despues que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podria ser. Mas fue imposible saberlo jamas por su reloj de arena, pues con la agitacion de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la cámara inmediata que tenia vistas al soto, y reconoció que debia haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacia ya que gozaban los demas pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya á cerrar la ventana para realizar su determinacion, cuando le detuvo de improviso un estraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos el lector que demos algun reposo á nuestro fatigado aliento.