—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, de bestialidad y de sueño.

—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió bostezando.

—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo?

—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que me conoce tan á fondo?

—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del servicio del rey...

—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del equivoquillo... el vestido...

—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui.

—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del tinto, ó es hechicero.

No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro descubierto,

—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra yo los ojos con el puño?