Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él, pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza, pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento á sus caballerescos proyectos.

Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira, que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un amante deseoso de una ocasion.

Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño.

Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen para nadie del provecho á que sin duda aspiraban:

En el almenado alcázar

duerme Zaida sin cuidado.

Guarda, mora, que tus grillos

te forja un conde cristiano.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.