Vela tú, si Zaida duerme,

ó dulce señora mia.

¡Guar del conde que la acecha!

que un caballero te avisa.

Alza y parte, desdichada,

primero que veas relumbrar su espada.

Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira.

—¿Oís, discreta prima?

—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...?

—No he podido entender la letra...