—Oigamos, que prosigue.

Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun no habia vuelto enteramente en sí de su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban.

—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan desfigurada que es imposible entenderle.

—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.

—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa que pudieres...

—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto.

—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones acerca de lo que en todos casos deberás hacer.

No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico, que podia no gustar de que saliesen á escucharle al claro de la luna.

—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran esas palabras? ¡El conde, un caballero te avisa! ¡Entiendo, entiendo!

El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí.