Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas la siguiente estrofa:

¡Pluguiera á Dios que pudiese

librarse asi el caballero,

que tienes, señora mia,

entre tus cadenas preso...!

Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la agitacion que la ofuscaban: basta, oyó decir el caballero, basta, trovador imprudente, á una voz que resonó en su oido como la campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.

Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es.

Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.

¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero un nuevo rumor la obligó á prestar atencion.

—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco.