—¿No veis cómo os habeis puesto?
—¿De qué?
—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!
El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oir la palabra sangre, un estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.
Llegó el ay dolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, segun todas las apariencias.
—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de persona; huyamos.
—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.
FIN DEL TOMO PRIMERO.