—De muchacho.

—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.

—Seria algun criado que pasaba.

Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.

Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.

Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.

—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?

Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.

—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?

—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.