Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.
Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.
Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su generosidad.
Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.
—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues de un momento de inútil espectacion.
—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.
—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...