CAPITULO X.
Mate el conde á la condesa,
que nadie no lo sabria,
y eche fama que ella es muerta
de un cierto mal que tenia.
Rom. del conde Alarcos.
Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.
El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.