Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas motivo para temer algun nuevo peligro.
—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.
—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.
—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecia.
—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.
Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.
—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.