No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.

No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.

Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.




CAPITULO XI.


Cuando el conde aquesto vido