—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don Enrique volvió ayer del Pardo.

—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse á su rey...

—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces que...

—¿Causas? quiero saberlas.

—Seis enmascarados han robado á su esposa.

—¿Robado? ¿dónde?

—En su cámara misma.

—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la cabeza... esplicaos.

—Nada hay mas cierto, señor.

Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento.