—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.

Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á ocupar su lugar.

—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante?

—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los moros vuelven á hacer la entrada...

—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.

Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.

Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha la tercera á los pies casi del trono.

—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo, rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion.

—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.

Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las espaldas, y llegado á la puerta, entrad, dijo con voz descomunal.