Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.

Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los demas señores y asistentes.

—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa, viene á pedir justicia y reparacion.

Respondido hablad tres veces tambien por el faraute de su alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al mismo tiempo.

—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra espedicion.

—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor! Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me pueden anunciar.

Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.

—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.

—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia!

—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III.