—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo desengaño.
—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso?
—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví.
—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni formalidad alguna castigar al que como villano se portó.
—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos indicios de quién pueda ser el robador?
—Ninguno, respondió Villena levantándose.
—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...?
—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...!
—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique.
—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.