Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden que habian venido.
Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. ¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon, y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.
CAPITULO XII.
Por dar al dicho don Quadros
dado ha al emperador.