—Sí: ¿nada sabes?

—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion me asustan...

—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.

Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo de luz.

—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.

—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.

Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de tan estraordinarias escenas.

Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á Elvira imaginarlo siquiera.

Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero, y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate: propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las respuestas.

Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma tranquilidad.