—¿Seria posible? Seríais vos, señora...

—¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

—¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre...?

—Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazon de Macías: miraba una y otra vez á la desconocida: no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.

—Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la condesa se decia...

—¡Muerta la condesa! esclamó Macías al llegar al funesto desenlace de tan triste historia... y vive el conde todavia... y...

—¡Silencio! Hé ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia piden reparacion. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies del rey, y denunciará la traicion. Acaso será preciso que un caballero salga fiador con su espada de su acusacion. ¿Estareis mañana en la corte de don Enrique...?

—¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...

—¿Alejáros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejáros? repitió lanzando un amargo suspiro.