—¡Ah! señora, ¿ignorais repuso el doncel con la mayor agitacion, que mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada...?
—¿Y dejareis la inocencia ser presa de la traicion...?
—Jamas; pero...
—¿Y sabeis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este momento sacrifica la que teneis ante vuestros ojos, los respetos que atropella, los riesgos á que se espone...?
—Acabad, Santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...
—Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de ligero cuando he creido que...
—No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...
—¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero sereis de la inocencia: el mio es imposible...
—¡Imposible!—Elvira, vos sois...
—Soltad, imprudente jóven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la esposa del escudero? Vuestra imaginacion os engaña, y acaso vuestro deseo...