—¡Me engaña...! Mi deseo, señora, es el de servir á esa dama, que conozco, como pudiera conocer...

—Vuestra turbacion os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...

—Nunca podia padecer su honor...

—Bien: ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana ante la corte toda del rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la tendreis; pero ni os podreis nombrar mi caballero, ni exigireis de mí que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado la dama que nombrasteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.

—¿Eso sabeis?

—Lo sé.

Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta tranquilidad, la mano con que tenia asida una punta de la ropa de la tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, declaró que al dia siguiente se hallaria en la corte de don Enrique, y ofreció su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un notable temblor la agitaba: oprimióla suavemente el doncel como si quisiese tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible duda: un movimiento involuntario y convulsivo correspondió á su indicacion, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, pero un ademan imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y mas rápida en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una oscura noche del estío, desapareció á sus ojos la aérea vision. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, como si quisiese ver mas allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro lanzado á lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el confin del corredor se habia reunido la dama á otra figura mas pequeña que alli la estaba sin duda alguna esperando.

Sé doncel, que ella no viniera á vos, repitió un momento despues Macías con doloroso acento. Yo tambien lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quien quiera que seas la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazon del hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!!